¡Cuidate!, cuidador

Querida tía Juanita: Salgo de tu casa impresionada, por lo guapa que estás, a tus 85 años y por lo bien que haces de enfermera del tío, tu marido. Lo tienes como un bebé, tan limpito, mimado, cuidado, acariciado, entretenido y atendido. Me admira lo poco que te quejas y pienso que debes estar agotada de estos 16 años de enfermedad. Y eso que él hace mucho que ya no está contigo, porque no te conoce, porque se comporta como un niño y tiene pataletas de pequeño tirano, que te las hace pasar canutas. Pero tú sigues ahí, al pie del cañón, fiel a tu compromiso matrimonial, adivinando lo que necesita, lo que podría sentarle mejor, lo que le mejoraría el humor y lo que pueda evitar que se escare, respire mal o le incomode. Eres una enfermera estupenda y todos estamos admirados de tu fortaleza pero… no sé yo si es del todo bueno que te hayas olvidado tanto de ti misma.

 Habrás oído que ahora se habla mucho de que hay que cuidar al cuidador. En este caso el enfermo está maravillosamente cuidado, pero la cuidadora, hace muchos años que te descuidaste. Solo te permites tu escapada a la peluquería, para estar guapa para él, con tus uñas cuidadas y tu pelo estupendo, pero tus adentros, pienso yo, que están un poquito peor que tu imagen externa.

Me parece estupendo que a tus hijos les minimices los problemas, contándoles poco de las dificultades que vives, para no preocuparles. Así mis primos suyos viven tan tranquilos, admirándote mucho y hablando de ti maravillas, pero ajenos a la difícil situación que vives las 24 horas del día. Creen que por haber contratado unas horas a una cuidadora, para que la espalda de su madre no “se desgaste”, ahí acaba toda su misión. Te llaman con frecuencia, te dicen lo bien que lo haces y no van demasiado a verte, para no darte trabajo. No saben ellos el bien que te hace su compañía, la vidilla que te traen los nietos y lo que agradeces que se queden un rato con el enfermo, mientras bajas a la farmacia con los niños.

Estás deseando tener un ratico para ti, salir de ese decorado lúgubre de la enfermedad y de esa monotonía de relación con alguien que no se comunica, más que para soltar bufidos y quejas, a tiempo y a destiempo. Te acompaña el temor de que pueda morir el tío, justo en el rato que faltas de su lado y por eso siempre te encuentro agitada, cuando nos cruzamos por la calle y apenas te paras a hablar. Ese miedo a no estar en el momento cumbre, o a que le pase algo, se le complique la enfermedad, o se ahogue,  por no estar tú, te tiene desasosegada. Y mira que es posible que aún durmiendo a su lado, fallezca una noche y tardes en enterarte, pero eso no te lo perdonarías jamás. Por eso te despiertas una y mil veces para tocarle, escuchar su respiración o ver si está bien. No te permites a ti misma ni dormir una hora seguida. Parece que eres su lazo de unión a la vida y eso hace que la culpa y el temor te envuelvan y agiten por dentro.

Hoy te escribo, tía, sin ser tu cumpleaños, ni navidad, porque quiero hablarte al corazón y hacerte reflexionar un poco sobre tu vida. Estoy segura que no me escucharías todo lo que quiero decirte, sin justificarte e intentar demostrarme que estás haciendo lo que debes y lo que Dios espera de ti. Por eso te lo digo por escrito, para que no te defiendas y, por lo menos, me escuches, o me leas, incluso más de una vez.

Yo pienso que ese Dios Padre que bendijo vuestro amor y os ha juntado para las alegrías y las penas, la salud y la enfermedad, nos ha creado a todos para ser felices y plenos. Y a mí me parece que tú estás cuidando de la felicidad del tío pero no de la tuya, que estás pagando el precio de tu pérdida de felicidad por envolver su vida en algodón y en sacrificios. Realmente es valioso y precioso lo que el amor te lleva a hacer, lo que te entregas y la gran enfermera en que te has convertido. Pero yo creo que también deberías cuidarte tú y poner un poco de distancia en algunos momentos. Necesitas ir de compras, o al cine, o salir con alguien que hable de otras cosas, o regalarte una partidita de cartas con tus adorables vecinas, o irte a un museo o incluso aprender algo. Para que sientas que estás viva, que tienes más ilusiones que ver a tu enfermo bien cuidado y atendido.

Tú no piensas nada en ti y eso no es del todo bueno. Hay que cubrir las necesidades básicas de los otros, pero también las propias. Y tú necesitas despejarte, descansar, poner un poco de distancia del problema, para volver a casa renovada, después de haberte distraído un rato, para recargar energías y recuperar el sentido del humor. Te hace falta salir para reírte, despejarte y autocuidarte.

Cuentan que un profesor levantó un vaso ante sus alumnos y les preguntó cuánto creían que pesaría el vaso. Contestaron que unos 100 o 200 gramos y volvió a indagar cuánto tiempo crían que podría estar con el vaso levantado. Los alumnos le contestaron que, posiblemente, no podría mantenerlo ni dos horas seguidas… pues los brazos sentirían dolor, calambres, o se caerían.

 Pues eso mismo ocurre con los problemas de la vida, que podemos sujetarlos en el momento, sin dificultad, pero si los llevamos siempre e encima, acabamos como los brazos, destrozados. Hay que saber llevarlos en el momento sujetos, pero después dejarlos a un lado porque no hay quien pueda vivir todo el día con los problemas en la mano… se agotaría y moriría. Hace falta aprender a alejar los problemas, para descansar de ellos y poder llevarlos luego mejor.

 Por eso hoy, tía Juanita, quiero recordarte que si pones un poco de distancia, si te regalas algún rato de ocio o dispersión para ti, si pactas con tus hijos que una vez al mes venga cada uno, para que te vayas al cine, estarás más jugosita por dentro, más amorosa, menos cansada, más sosegada. Y ya que me he decidido a meterme en tu vida, déjame que también te recuerde que Dios quiere para ti y para el tío lo mejor, así que vive la vida disfrutando de su compañía, sabiéndote habitada y haz de enfermera con El, duérmete, dejándole al tío en sus brazos y acudiendo a El, cuando estés cansada y agobiada, que ya sabes que Dios sosiega y descansa y pone el corazón en paz y en armonía. Más que esa colección de estampas que te regala todo el mundo, y esa agua mágica que dicen que cura, acepta que el tío pasará no muy tarde a la mesa camilla del Padre, donde te esperará y disfrutará de la felicidad y del Amor para siempre. Mientras, tú, vive, goza, ama y descansa. Nadie puede vivir con la vida de otro a la espalda, porque se moriría del peso y del esfuerzo. Regálale lo mejor cuando le cuides y luego pasa a lo siguiente disfrutando también de la mejor manera posible. Tú estás viva, pero no sólo eres enfermera, eres más cosas que ahora apenas vives, como amiga, abuela, alumna, ciudadana. Cuida esas otras parcelas de tu vida, no vaya a ser que el día que el tío falte, quieras morir con él, porque no le encuentres a tu vida más sentido ni misión.

 Bueno, tía, perdona que haya entrado a saco en tu vida. Ya sabes que te quiero mucho y por eso lo hago. Te doy permiso para que tú me lo hagas a mí, cuando veas que me estoy equivocando en algo. Recuerda, que hay que vivir como el surfista, aprovechando las olas de la vida y este oleaje está sacando de ti lo mejor. Un abrazo y que todo lo que te pasa, te pase con Dios.

Mari Patxi

 

Un pensamiento en “¡Cuidate!, cuidador

  1. Querida Maripatxi, llevo 30 años trabajando como enfermera sobre todo en atención primaria, quiere agradecerte todo lo que has compartido sobre cuidar al cuidador, estoy totalmente de acuerdo en todo lo que has puesto, es fundamental tener una red de apoyo que liberen al cuidador para que cargue las pilas. Y los que tenemos el don de la fe saber que Dios cuida a nuestros seres queridos, nosotros colaboramos.. Un beso. Gracias

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