Calidad de vida

Queridos hijos, nietos y demás parentela: Hoy me vais a permitir que os escriba la carta de la abuela, ese papel que anda por ahí, amarillento, y que se relee en algunos momentos No me quiero poner marisabidilla ni melodramática, pero las cosas que ocurren entre nosotros y alrededor, me hacen alejarme un poco para mirar desde la distancia y tranquilizaros, esperanzaros e incluso felicitaros.

Ya llevamos un tiempo largo de quejas, lamentos y desesperanzas, de crisis, rescates y apuros económicos, de miedos laborales, reducciones salariales y alargamiento de jornadas. Pero hay que reconocer que, en medio de todo este secarral están brotando hojas nuevas que parecían no existir, pero estaban ocultas tras la anterior opulencia, bienvivir, derrochar y tener por tener, o ser lo que se tiene.

Os he visto vivir muy bien, sobradamente bien diría yo. Habíais convertido en normal todo lo extraordinario. Estabais familiarizados con el lujo, la supertecnología, los viajes insólitos y las experiencias más alucinantes. Hemos celebrado eventos que, sin ser ostentosos, han acarreado mucho gasto, que compartido con otros, habría tapado agujeros importantes para vivir mejor más gente. Juntos nos hemos dado caprichillos que, no porque otros se los dieran mayores, dejaban de ser un lujo, en nuestras vacaciones familiares y en algún otro caso.

Yo misma, cuando cuestiono mi vida con el evangelio, siempre me encasquillo en el joven rico y en el que “no se pueden servir a dos señores”… Bueno, pues compartiendo fallos vitales, caigo en la cuenta de que son granitos de arena que forman la playa, o gotas de agua de este mar que, a nivel mundial, está en plena marejada de derroche, crisis, tragedia y caos colectivo. El baile que estábamos bailando no nos sirve y hay que danzar otras danzas, aprender otros pasos o buscar otras pistas. Tenemos que reilusionarnos colectivamente con otros comportamientos que nos hagan pensar globalmente, que nos hagan sentir en plural, que nos lleven a actuar solidariamente con los que viven duramente porque en el reparto injusto de la vida, se les ha robado lo esencial, lo básico y hasta su dignidad.

Hay que echar creatividad a la vida cotidiana para abrir caminos nuevos, ya no de mejorestar, sino de más bienestar para todos. Y afortunadamente, en este momento de la historia me llena de esperanza encontrar los brotes positivos que ha traído esta crisis que nos envuelve y caigo en la cuenta de que se han creado nuevas organizaciones solidarias, actividades ecológicas y comportamientos de cuidado del bien común. El 15 M fue una explosión de solidaridad y de justicia que anda por ahí, como las flores que nacen rasgando el cemento, demostrando su vitalidad, fuerza y posibilidades. No apaguemos los sueños de los que quieren vivir atentos a los necesitados, desconformes con la injusticia y las diferencias sociales.

Nuestra capacidad altruista aflora en los tiempos difíciles. Y, aunque en algunas personas la estrechez le lleva a la mezquindad, cada día hay más personas, organizaciones y “empresas con corazón” que se han sensibilizado con la desigualdad social y están trabajando y compartiendo para que haya de todo para todos. Gente, mucha gente que antes vivía indiferente a la pobreza, está hoy luchando activamente para que todo el mundo cubra sus necesidades básicas. Ha surgido un gran movimiento social y una sensibilización al compartir, al reciclar, a la austeridad como beneficio común. El paro y los recortes han afectado a tantas familias, que nos ha hecho responder a todos, despertar de ese adormecido bienestar y tomar posturas activas.

Sueño yo con que llegue un día en el que no consumamos más que lo necesario, en que caigamos en la cuenta que el cine es un capricho, el aperitivo un lujo, la moda y la redecoración del hogar una locura que nos arrastra para tirar las cosas nuevas y el deseo de ser el primero en tener lo último, una enfermedad social que perjudica a todos y que, sobre todo, genera diferencias entre unos y otros y nos hace competir, en vez de ser más hermanos.

Se están creando redes de solidaridad y confianza que permiten seguir creyendo en el ser humano. Me gusta la iniciativa de llevarse cada uno las sobras de su comida del restaurante; la de pasarse las ropas unos a otros y, para ello cuidarlas mientras se utilizan, con sentido solidario; la de reutilizar los libros; el apurar los lapiceros, el renunciar a caprichos gastronómicos, porque son un gasto que podría ayudar a cubrir lo necesario de otro; la de invitar austera y sencillamente; la de montar los cumpleaños en casa, o en el parque, unificando el regalo con un aporte mínimo de cada uno, que no dañe ninguna economía y beneficie al que deja de recibir un montón de regalos; la de aprovechar el espacio en el coche e invitar a compartir viaje a otros, por ahorro y bienestar común… y así seguiría infinitamente.

Estamos pasando de una época en la que se nos llenaba la boca de la expresión “calidad de vida” y perseguíamos la calidad de los productos, a otra en la que está brotando la calidad humana. Es la hora de la vida en común, de no dejar a nadie en la cuneta, de mirar al otro, fortaleciendo el cuidado de los vínculos entre las personas, rehaciendo relaciones, echándonos una mano unos a otros, escuchando las necesidades que antes no oíamos porque estábamos distraídos en nuestro vivir bien y tener más. Vivir solidariamente es la gran transformación individual y social que urge adoptar como estilo de vida y que pueda hacer recuperar la esperanza a los caídos en esta batalla.

Este verano, mucha gente se ha quedado sin vacaciones. Bueno, no es que no haya descansado, igual es que sólo ha dejado de viajar o alejarse obligatoriamente de su vida habitual, pero es posible que muchos hayan disfrutado más que otros veranos corriendo tras su cámara de video, que inmortalizaba la experiencia cumbre de visitar la otra punta del mundo. Quizás este año haya disfrutado del vivir la vida cotidiana sin reloj, de echar una partida en familia, de leer un libro despaciosamente, de decir el cariño, de redescubrir el entorno, la ciudad o el pueblo, de vivir sin prisas ni carreras el aquí y ahora de cada día y cada encuentro con la gente, la pareja, la familia, los amigos, los vecinos, los de siempre, que son aquellos que forman la historia personal. Igual hasta alguien ha resucitado un antiguo ocio de pintar, pasear, fotografiar, ordenar los álbumes familiares o visitar a personas, que en la vida normal no encuentra uno tiempo para cuidar bien las relaciones.

Y los hay que pudiéndose haber ido lejos, han elegido ayudar a otros a hacer una chapuza, a cuidar unos niños, mientras sus padres trabajan, a compartir la extraordinaria y así poder vivir mejor juntos el veraneo, a integrarse en una actividad social comunitaria o a entregar parte de su tiempo en ir a leer, un rato, a unos ancianos que están en grupo, pero se sienten solos.

Muchas personas este verano han acompañado a los que desahuciaban de sus casas, otros han participado en campos de trabajo que echaban una mano a personas en situación de necesidad, otros han colaborado en acciones sociales a favor de los más vulnerables, otros se han ido a encontrarse a solas con Dios, otros han acogido en su casa a niños que no podían veranear en su tierra… Y tantos y tantos que se arriesgan, participan, comparten y salen de su ombligo para ver qué necesita el otro y qué pueden tener ellos que les facilite la vida.

En junio, alguien propuso por la red que quien quisiera cambiar las cosas que saliera a la calle, un día concreto, con una prenda del revés… Daba gusto coincidir con alguien que también llevaba las costuras y la etiqueta al aire, pero no por despiste, sino por demostrar públicamente que se sentía comprometido con el cambio del mundo y quería colaborar en dar la vuelta a la tortilla de la vida. Era un pequeño gesto de solidaridad, como tantos que os estoy contando y que no puedo seguir por que no caben en mi carta, pero lo que sí estoy pensando, mientras os escribo, es que me voy a poner todos los días algo del revés, por fuera o por dentro, a ver si consigo que se me de la vuelta el corazón y viva cada día más atenta y comprometida con los hermanos. Y a ver si en familia nos vamos contagiando solidaridad unos a otros.

Os quiero, Mari Patxi.

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