No soy de aquí, ni soy de allá

NO SOY DE AQUÍ, NI SOY DE ALLÁ…

Querido familión! Mientras estáis en vuestra fiesta, con el volumen a toda pastilla, “para callar las penas”, como decís, se me ocurre escribir algunas cosillas que me gustaría deciros.

Os veo tan unidos como una piña. Vinisteis a nuestra tierra de uno en uno y, enseguida buscasteis alguien de los vuestros, para sentiros menos solos, cómplices en la nostalgia y mano amiga en la dificultad. Os reunís para compartir los sueños que traíais en la maleta y que se han roto nada más llegar; también para que, juntos, os duelan menos las diferencias y conseguir acostumbraros a nuestro tono de voz, que os suena rudo, seco, distante y frío. Os juntáis para aliviaros la morriña digestiva, que os hace mantener la línea, a fuerza de disfrutar sólo con la comida de vuestra tierra. Os apiñáis, con tal de volver a escuchar el mismo tono, el mismo idioma, el mismo tema, la misma música, la misma fe, la misma herida, el mismo sueño o el mismo miedo… Incluso, a veces necesitáis agruparos para defenderos de nosotros, que, en muchas ocasiones, casi siempre sin darnos cuenta, podemos actuar como tiranos, explotadores, indiferentes, despectivos, prepotentes o autistas.

Admiro cuánto valoráis a vuestros ancianos, lo afectivos que sois con vuestros hijos, la ternura que ponéis en el trabajo, la valentía de manteneros fieles a vuestras costumbres y el gran esfuerzo que hacéis por estar aquí y comportaros como si fuerais de los nuestros. Agradezco vuestros desvelos con nuestros mayores, para los que nos queda poco espacio y tiempo en el hogar y en el vivir cotidiano. Tiene un valor infinito cómo estáis criando a nuestros hijos, mientras algunos tenéis en vuestra tierra otros de edad parecida, que hace que se os parta el alma cada vez que pensáis en ellos y que volquéis todo vuestro amor en esos niños caprichosos que creen tener derecho todo, porque os pagan por ello. Me encanta cuando veo a un bebé que se acurruca en vosotras y que, sólo en el color de la piel se nota que no sois su madre, porque en lo demás lo hacéis igual de bien, o incluso mejor, que la auténtica.

Me pongo a reconoceros y agradeceros detalles y no terminaría, pero me gustaría también pediros perdón, porque me duelen, como ser humano, y también como española, muchas situaciones injustas que habéis padecido. Recuerdo cuando a ti Carmen, que estudiaste derecho en tu tierra, te tuvieran sirviendo aislada en aquel chalet, sin permitirte salir nunca a la civilización, porque no había transporte, trabajando de día y de noche, por un sueldo ridículo, pero debías sentirte agradecida, ya que te daban casa, aún sin tener papeles, que eso ya era el colmo de la generosidad. Me enfurece el que a ti, Lesbia, no te permitían probar bocado, hasta que comieran todos los de la casa, y muchos días almorzaste a las 6 de la tarde. Me duele aquello que te hicieron Nikolas, de contratarte por la mitad de sueldo, por el mero hecho de ser extranjero. Me encabrita cuando a ti Gladix, te echaron del coro, porque no estabas casada por la iglesia. Me endemonio cuando recuerdo la tiranía de aquella señora que a ti, Jairo, te alargaba el horario y, encima, te descontaba el tiempo que habías pasado leyéndole, porque no lo consideraba trabajo. Me enfurece recordar el intento de abusos sexuales que sufriste Gerald y todo el tiempo que te guardaste el secreto para ti sola. Me enrabieto, Iris, con quien te trajo para ser modelo y te metió en una red de prostitución, viviendo apiñadas, en una semipocilga, con otra veintena de niñas, con colchones en el suelo y a medio comer, para luego ofreceros “preciosas” a clientes de carretera, ansiosos de carne joven e indiferentes a la persona que estaban prostituyendo…

Por otro lado, estoy encantada con la nueva vecina peruana, que, con ternura infinita, acompaña la vida de un anciano, como si fuera su hija y que es su ángel de la guarda, de día y noche. Me emociona ver a Charly rebajar el precio de las llamadas, en su locutorio, a esos inmigrante que no tienen suficiente dinero para pagar la llamada que se les ha alargado, sin darse cuenta. Es precioso ver a los cuatro chinitos, que van tan contentos al cole, de la mano, protegiendo a su hermana chiquitita, como si fueran sus padres. Me gusta la dignidad, profesionalidad y calidez del nuevo portero, que aprendió en su país nuestra lengua, viendo telenovelas, y hoy custodia nuestros hogares. Me da envidia la naturalidad con que demostráis vuestra fe, en cualquier conversación, o cuando deseáis, con todo cariño, que “Dios te acompañe”… Y me gusta muchísimo cuando hacéis realidad vuestra fe, compartiendo lo poco que tenéis, con el que tiene menos, atentos siempre a “adivinar lo que al otro le haga falta”.

Son tantas las cosas y situaciones que he aprendido a través vuestro, que no me cabrían en estás dos páginas que tengo, pero quiero desde aquí, haceros un homenaje a vuestras vidas duras, rotas, agotadoras y, en muchos casos inhumanas, junto a vuestra calidez de corazón, categoría humana, sensibilidad para devolver bien por mal, empatía hacia los necesitados, generosidad empática de expertos cuidadores y exquisitez de corazón. Que Dios os siga llevando de su mano y que todos luchemos para que todo el mundo tenga sus necesidades cubiertas y una vida digna, donde quiera vivir, y no haya bandos ni diferencias entre nosotros. Así construiremos entre todos la gran familia de los hijos de Dios, trabajando por hacer un mundo justo, humano y fraterno.

¡Ah! Se me olvidaba deciros que aunque no consigamos acostumbrarnos al volumen de vuestra música, por lo demás, habéis enriquecido nuestras vidas y habéis universalizado nuestros corazones. Gracias por estar ahí, facilitándonos la vida, caminando juntos distintos, pero nunca distantes.

Desde estas páginas quiero felicitar a todas las personas que habéis sabido dar calor de hogar a quien ha trabajado para vosotros, que no le habéis hecho sentir extranjero, sino uno más en el vivir diario y en el trabajo que todos nos regalamos unos a otros, para sentirnos válidos. Hay gente estupenda de la que no he hablado y por la que brindo ilusionada. He gastado más tinta en la denuncia, pero es que yo deseo que no vivamos de espaldas al mundo, dando vueltas a la noria de nuestras preocupaciones. Esto ni es sano ni hace bien a nadie. Se nos está quedando el corazón raquítico de tanto autocompadecernos con la crisis. Yo creo que ha llegado el momento de que digamos ¡Basta ya! Hay más personas en el planeta que nosotros, hay tragedias mundiales que son realmente importantes y nosotros somos capaces de andar dando vueltas a nuestra economía, o trajinando una boda familiar, o viajando y, mientras, vivir aislados del mundo, desentendidos de todas las cosas que les ocurren a los demás, viviendo una vida pobre, egocéntrica e insulsa.

Me viene a la cabeza aquello de que al final de la vida nos examinarán del amor y entonces podremos abrir el corazón lleno de nombres… y a mí en estos últimos tiempos se me han colado en el mío un montón de ellos, extranjeros, además de los que ya he nombrado en mi carta. Un abrazo tierno, acogedor y confiado a cada uno. Mari Patxi Revista Humanizar

Querido familión! Mientras estáis en vuestra fiesta, con el volumen a toda pastilla, “para callar las penas”, como decís, se me ocurre escribir algunas cosillas que me gustaría deciros.

Os veo tan unidos como una piña. Vinisteis a nuestra tierra de uno en uno y, enseguida buscasteis alguien de los vuestros, para sentiros menos solos, cómplices en la nostalgia y mano amiga en la dificultad. Os reunís para compartir los sueños que traíais en la maleta y que se han roto nada más llegar; también para que, juntos, os duelan menos las diferencias y conseguir acostumbraros a nuestro tono de voz, que os suena rudo, seco, distante y frío. Os juntáis para aliviaros la morriña digestiva, que os hace mantener la línea, a fuerza de disfrutar sólo con la comida de vuestra tierra. Os apiñáis, con tal de volver a escuchar el mismo tono, el mismo idioma, el mismo tema, la misma música, la misma fe, la misma herida, el mismo sueño o el mismo miedo… Incluso, a veces necesitáis agruparos para defenderos de nosotros, que, en muchas ocasiones, casi siempre sin darnos cuenta, podemos actuar como tiranos, explotadores, indiferentes, despectivos, prepotentes o autistas.

Admiro cuánto valoráis a vuestros ancianos, lo afectivos que sois con vuestros hijos, la ternura que ponéis en el trabajo, la valentía de manteneros fieles a vuestras costumbres y el gran esfuerzo que hacéis por estar aquí y comportaros como si fuerais de los nuestros. Agradezco vuestros desvelos con nuestros mayores, para los que nos queda poco espacio y tiempo en el hogar y en el vivir cotidiano. Tiene un valor infinito cómo estáis criando a nuestros hijos, mientras algunos tenéis en vuestra tierra otros de edad parecida, que hace que se os parta el alma cada vez que pensáis en ellos y que volquéis todo vuestro amor en esos niños caprichosos que creen tener derecho todo, porque os pagan por ello. Me encanta cuando veo a un bebé que se acurruca en vosotras y que, sólo en el color de la piel se nota que no sois su madre, porque en lo demás lo hacéis igual de bien, o incluso mejor, que la auténtica.

Me pongo a reconoceros y agradeceros detalles y no terminaría, pero me gustaría también pediros perdón, porque me duelen, como ser humano, y también como española, muchas situaciones injustas que habéis padecido. Recuerdo cuando a ti Carmen, que estudiaste derecho en tu tierra, te tuvieran sirviendo aislada en aquel chalet, sin permitirte salir nunca a la civilización, porque no había transporte, trabajando de día y de noche, por un sueldo ridículo, pero debías sentirte agradecida, ya que te daban casa, aún sin tener papeles, que eso ya era el colmo de la generosidad. Me enfurece el que a ti, Lesbia, no te permitían probar bocado, hasta que comieran todos los de la casa, y muchos días almorzaste a las 6 de la tarde. Me duele aquello que te hicieron Nikolas, de contratarte por la mitad de sueldo, por el mero hecho de ser extranjero. Me encabrita cuando a ti Gladix, te echaron del coro, porque no estabas casada por la iglesia. Me endemonio cuando recuerdo la tiranía de aquella señora que a ti, Jairo, te alargaba el horario y, encima, te descontaba el tiempo que habías pasado leyéndole, porque no lo consideraba trabajo. Me enfurece recordar el intento de abusos sexuales que sufriste Gerald y todo el tiempo que te guardaste el secreto para ti sola. Me enrabieto, Iris, con quien te trajo para ser modelo y te metió en una red de prostitución, viviendo apiñadas, en una semipocilga, con otra veintena de niñas, con colchones en el suelo y a medio comer, para luego ofreceros “preciosas” a clientes de carretera, ansiosos de carne joven e indiferentes a la persona que estaban prostituyendo…

Por otro lado, estoy encantada con la nueva vecina peruana, que, con ternura infinita, acompaña la vida de un anciano, como si fuera su hija y que es su ángel de la guarda, de día y noche. Me emociona ver a Charly rebajar el precio de las llamadas, en su locutorio, a esos inmigrante que no tienen suficiente dinero para pagar la llamada que se les ha alargado, sin darse cuenta. Es precioso ver a los cuatro chinitos, que van tan contentos al cole, de la mano, protegiendo a su hermana chiquitita, como si fueran sus padres. Me gusta la dignidad, profesionalidad y calidez del nuevo portero, que aprendió en su país nuestra lengua, viendo telenovelas, y hoy custodia nuestros hogares. Me da envidia la naturalidad con que demostráis vuestra fe, en cualquier conversación, o cuando deseáis, con todo cariño, que “Dios te acompañe”… Y me gusta muchísimo cuando hacéis realidad vuestra fe, compartiendo lo poco que tenéis, con el que tiene menos, atentos siempre a “adivinar lo que al otro le haga falta”.

Son tantas las cosas y situaciones que he aprendido a través vuestro, que no me cabrían en estás dos páginas que tengo, pero quiero desde aquí, haceros un homenaje a vuestras vidas duras, rotas, agotadoras y, en muchos casos inhumanas, junto a vuestra calidez de corazón, categoría humana, sensibilidad para devolver bien por mal, empatía hacia los necesitados, generosidad empática de expertos cuidadores y exquisitez de corazón. Que Dios os siga llevando de su mano y que todos luchemos para que todo el mundo tenga sus necesidades cubiertas y una vida digna, donde quiera vivir, y no haya bandos ni diferencias entre nosotros. Así construiremos entre todos la gran familia de los hijos de Dios, trabajando por hacer un mundo justo, humano y fraterno.

¡Ah! Se me olvidaba deciros que aunque no consigamos acostumbrarnos al volumen de vuestra música, por lo demás, habéis enriquecido nuestras vidas y habéis universalizado nuestros corazones. Gracias por estar ahí, facilitándonos la vida, caminando juntos distintos, pero nunca distantes.

Desde estas páginas quiero felicitar a todas las personas que habéis sabido dar calor de hogar a quien ha trabajado para vosotros, que no le habéis hecho sentir extranjero, sino uno más en el vivir diario y en el trabajo que todos nos regalamos unos a otros, para sentirnos válidos. Hay gente estupenda de la que no he hablado y por la que brindo ilusionada. He gastado más tinta en la denuncia, pero es que yo deseo que no vivamos de espaldas al mundo, dando vueltas a la noria de nuestras preocupaciones. Esto ni es sano ni hace bien a nadie. Se nos está quedando el corazón raquítico de tanto autocompadecernos con la crisis. Yo creo que ha llegado el momento de que digamos ¡Basta ya! Hay más personas en el planeta que nosotros, hay tragedias mundiales que son realmente importantes y nosotros somos capaces de andar dando vueltas a nuestra economía, o trajinando una boda familiar, o viajando y, mientras, vivir aislados del mundo, desentendidos de todas las cosas que les ocurren a los demás, viviendo una vida pobre, egocéntrica e insulsa.

Me viene a la cabeza aquello de que al final de la vida nos examinarán del amor y entonces podremos abrir el corazón lleno de nombres… y a mí en estos últimos tiempos se me han colado en el mío un montón de ellos, extranjeros, además de los que ya he nombrado en mi carta. Un abrazo tierno, acogedor y confiado a cada uno.

Mari Patxi Revista Humanizar

1 comentario en “No soy de aquí, ni soy de allá

  1. escibes genial. no te conocia hasta hoy en el encuentro de familias de la rcc nueva jerusalem,en valencia, tus palabras son balsamo de alegria para mi corazòn, Dios esta contigo, y estoy segura que seguira estando, Que El Dios todopoderoso que conocemos y nos hace felices este contigo y te colme de bendiciones,

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