La familia soñada

LA FAMILIA SOÑADA

Querida familia: Aunque ya os he escrito un montón de veces, que la familia ideal no existe, os cuento hoy la fantasía de la familia que me habría gustado conseguir. Quisiera que hubiera estado basada en una relación de pareja sólida, con un proyecto de pareja que fuera la suma de la realización de ambos, dos seres que se unen para impulsarse en la tarea de ser cada uno alguien único y especial. Que en esta fusión no se frene, ni se sostenga al otro, sino que se le empuje a cumplir sus sueños, a crecer, a desarrollarse en todas sus capacidades, no sólo en las que tienen que ver con la vida familiar y de relación, sino también con las posibilidades únicas que cada cual posee. Que se viviera un amor abierto, por el que se creara un hogar feliz, alegre, sencillo y acogedor, donde los de fuera, los vecinos, los familiares, los cercanos y los lejanos se sintieran como en su casa.

La familia soñada

Me gustaría que esta pareja hiciera crecer su amor antes de decidir tener un hijo, para que les pillara la paternidad con cierta madurez y supieran que ser padres es ser carril del amor de Dios y que se tiene para ayudarle a ser persona y también para los demás. Que su paternidad y maternidad estuviera muy bien vivida por los dos, en la que la afectividad, el reparto de tareas, el juego, los límites, el ocio y el descanso, se viviera juntos, ayudando al niño a que no fuera caprichoso y tuviera pocas necesidades. A este hijo se le enseñaría a vivir en el amor y a darlo, a caer en la cuenta pronto de que él puede ser fuente de cariño y de alegría para los padres y para los demás seres humanos con los que se relaciona.

Esta familia que sueño sería un elemento socializador de ese niño, que interactúe lo antes posible con mucha gente, que se comparta, se preste, se cuide por otros, se le abra el horizonte del hogar a un grupo mayor de amigos, familia, y guardería, para que aprenda a compartir, a relacionarse con otros, a ser abierto y generoso, siempre cuidando que se siente bien arropado por sus padres que, sin superprotegerlo, le den la seguridad de su cariño, de su pertenencia y de sus límites.

En este hogar habría alegría. Se podrían levantar con la música de “Hoy puede ser un gran día”, de Serrat, a modo de despertador, con el fin de ir inoculándose pensamientos positivos e inteligencia emocional, para vivir sin quejas y con un talante común potenciador. Se comería sin ver televisión y se harían ratos familiares de lectura y de contarse cuentos. Todos los días habría un ratico para orar, antes de acostarse, y acostumbrar a los niños a saberse en manos de Dios. También al comenzar el día, se haría una oración breve de pedir al Señor vivir el día con El y, cuando los hijos sean un poquito mayores, leerían el evangelio en el desayuno, todos juntos, a modo de impulso para “salir rezados de casa”.

En esta familia soñada, se dirá el cariño con mucha frecuencia. Se ahorrarán los reproches innecesarios, que sólo enrarecen el ambiente y rompen la ternura. Todos saldrán queridos de casa, evitando enfados, sabiendo que el cariño es lo mejor que se pueden dar los unos a los otros y que es la defensa y la fortaleza para la vida.

Cuando tengan el segundo hijo y los siguientes, ayudarán a los anteriores a vivir el síndrome del príncipe destronado, sabiendo que es doloroso pasar a segundo plano, pero ayudando al proceso de aprendizaje y aceptación del nuevo hermano. En esa familia se comentarán las dificultades con naturalidad y se dejará expresar las emociones, que no son ni buenas ni malas, sino que es lo que se hace con ellas lo que está bien o mal. Se pondrá nombre a la envidia del nuevo hermano, sin culpabilizar, a la competencia del que hace las cosas mejor, sin poner de modelo unos a otros, sin comparar, competir, ni preferir a nadie sobre nadie.

Serán generosos en el perdón y así se lo harán sentir a sus hijos, a los que desde temprana edad se les enseñará a autoperdonarse y perdonar a otros. Se comentarán las dificultades del perdón y los beneficios que proporciona a quien lo vive y lo regala. También se cuidará el enfado, que se aceptará como algo normal en las relaciones humanas, pero se enseñará a los niños a hacer que sean breves y que rompan poca armonía familiar. Como manejar la ira es algo que se aprende en la familia, en ella se cuidará la resolución de los conflictos, de cualquier tamaño, para evitar chantajes emocionales y deterioros de la relación tanto por no expresarse la ira, como por dejarse llevar por ella en exceso. Serán una familia pacificadora entre ellos mismos y en su entorno.

Los padres cuidarán el seguir siendo amantes, además de padres, por lo que sacarán un tiempo para ellos, sin hijos, a los que se les acuesta, se les deja solos a ratos, para que aprendan a no tener que estar siempre con mayores, o constantemente estimulados. También la pareja procurará tener algún kanguro, una vez cada semana o cada 15 días, que atienda a los niños y les permita salir solos para cuidar su relación y su romance.

Esta familia, que querrá vivir comprometida con el mundo, enseñará a los hijos a ser solidarios en la ecología, en el compartir, en el usar ropa y juguetes de otros y en el cuidarlo para volver a pasarlo a otras personas que lo necesitan. Se vivirá como valor el consumir menos, el tener poco y el ser austeros, como fruto de su libertad interior. También aportará salud y testimonio a sus amigos y familiares, comentando lo que quieren vivir y pidiéndoles una complicidad en el no regalar, no consumir y no ser exagerados en celebraciones y gastos. Esto también invitará a que los amigos, unos a otros, se vayan contagiando un estilo más sencillo, austero y solidario.

La familia que yo sueño tendrá un compromiso con alguna ONG, grupo, o espacio con el que compartir bienes, compromiso y preocupación por los más pobres. Así vivirán más atentos a lo que otros necesitan, que a lo que los de su entorno van consiguiendo. Se les ofrecerá como valor de libertad el no ser el primero en tener lo último, sino en la valentía de haber tardado mucho tiempo en adquirir la “maquinita esclaviza niños” o algún archiperre de los muchos que hoy tienen todos los niños, que hacen que parece que vivan en jugueterías, en vez de en hogares normales.

La forma de invitar en esta casa será la de “la puerta siempre abierta… la mesa extendida… para un nuevo sitio disponed para un amigo más. Y este aprendizaje será un valor para los hijos y un compromiso de los padres, que se supone lo tendrán que fortalecer en algún grupo o comunidad cristiana, que les ayude a vivir con esos sueños e ideales que les lleve a comportamientos radicales de compromiso, austeridad, sencillez y desprendimiento, que van contra los que se viven en la sociedad en que estamos inmersos.

Y, como estamos en esta etapa difícil de la conciliación de la vida familiar y social, en la que se pone en cuestionamiento el tiempo que se dedica a los niños, la liga de la lactancia indefinida, el colecho (o que los niños duerman con los padres y mamen cuando quieran)… tendrán que ir buscando la mejor manera de vivir y de hacer familia, intentando equilibrar su vida laboral con la familia y las necesidades de todos. Son tiempo de abrir nuevos caminos e inventar nuevas respuestas, desde el Duérmete niño, hasta la educación en libertad de Summer Hill y otras escuelas.

Mientras todo esto va ocurriendo, los hijos serán educados en la responsabilidad y reparto de tareas del hogar, valorando más la cama hecha por ellos, aunque quede como una cordillera, que la que hacen los padres, más rápidamente y mejor. Se les dejará ir haciendo pinitos domésticos, cocinando, limpiando, recogiendo y otras tareas con los que se aprendan los roles familiares compartidos. Todos podemos hacer algo para que la familia funcione mejor, para que alguien descanse más, para tener detalles de servicio y cuidado de los padres a los hijos, entre sí y los hijos hacia sus padres y hermanos.

El tiempo de comida será un espacio de comunicación en la que todos se interesen por todos, en el que no haya demasiadas correcciones, para que lo importante sean las personas. Habrá que poner cuidado con las normas, que existan, pero no rompan la armonía familiar. Sería bueno comenzar bendiciendo la mesa, para acostumbrarse todos a sentirse agradecidos por los alimentos que se tienen y para caer en la cuenta de la presencia de Dios en su familia, por las peticiones o agradecimientos de toda la familia. Este gesto es algo que crea una complicidad espiritual importante. Nadie comienza a comer, sin haber dado gracias y sin escuchar qué necesidades tienen lo demás comensales y el mundo en general. Este es un hábito que, cuando se adquiere de pequeños, dura para toda la vida.

Habrá que sacar tiempo en la vida de familia para el diálogo y la comunicación profunda, a nivel de sentimientos. Tendrán algún rato especial en el que se cuenten cómo están en la familia o qué les gustaría cambiar. Y de esta familia feliz brotará y se cuidará el humor, como cualidad del amor, las risas, las carcajadas y el saber reírse de sí mismos será algo que adorne y facilite la vida común, aunque se tomen muy en serio los momentos de crecimiento y desarrollo que esté viviendo cada uno de sus miembros. La música de fondo de esta familia será como la de los Tres Mosqueteros: Todos para uno y cada uno para todos, es decir, que vivan con la seguridad de que se tienen, se quieren y se apoyan y el núcleo familiar es algo que da seguridad y descanso, al tiempo que favorece la independencia de todos los miembros y la vida familiar y la social.

La amistad será un valor importante en esta familia, no sólo por su forma sencilla de ser anfitriones, sino por la calidez con la que se acaricie la vida de los otros y las relaciones, tanto las de los padres, como las de los hijos, los vecinos, la macro familia, el barrio, el colegio y la sociedad en general. Serán una familia con corazón universal, abierta a lo que ocurre en el mundo y muy atenta a lo cercano y común. Conforme vayan creciendo las personas de esta familia se irán integrando en la vida social y la vuelta a casa será el descanso y el impulso donde uno se siente amado, comprendido, estimado esperado y descansado para salir al mundo fuerte, para mejorarlo y ser un regalo para los demás.

Estos hijos, cuando se vayan haciendo mayores, vivirán el valor del compartir, del acoger, del saber ser amigos, que participarán de esta apertura y calidez familiar. También se sentirán potenciados por todos para ocupar cada uno su lugar en el mundo, a la hora de elegir estudios, trabajos y relaciones.

Y todas estas cualidades que esta familia poseería, vendrían avalados por una buena relación con Dios que potencia y fomenta lo mejor de cada uno, manteniendo una forma de oración, participación de la liturgia eclesial y comunicación con Dios, que se irán adaptando a las edades y ritmos de los participantes. Incluso sabrán vivir la época adolescente o juvenil en la que los hijos “necesitan borrarse de la fe de los padres, para encontrar la propia”. Los padres contagiarán su fe, contando, con sencillez y naturalidad, lo que Dios va haciendo en sus vidas, es decir, que ”darán limosna de lo de dentro”, con una comunicación profunda e íntima que haga apetecible la amistad con El, o se viva como el gran impulso a la felicidad de los seres humanos.

Temas como la enfermedad, el dolor, el paro, la vejez, la muerte, la economía, etc., se irán hablando con claridad en la vida común, que es donde uno aprende a dar la importancia que cada uno va teniendo en la vida de la familia y de los de fuera, sabiendo que es en la casa donde se da el gran aprendizaje de todas las cuestiones y la escala de valores vitales.

Mari Patxi Ayerra

Un pensamiento en “La familia soñada

Deja un comentario