Querida yo

Querida mía, o malquerida yo misma: Hoy me van a permitir que no les escriba a uds, porque algo chungo pasa por mis adentros, que no consigo salir de mi ombligo. Estoy mal, y me doy muchísima pena. Es más, estoy tan mal, que no quiero que se me pase. Por eso vuelvo a darle vueltas y más vueltas a este estado de ánimo mío en el que no cabe nadie. Y el caso es que echo la culpa a los demás de lo que me pasa, que eso me alivia mucho, pero no consigo levantar cabeza.

He de reconocer que nunca he sido sencilla de entender. Es más, creo que tengo un alma complicada. Creo que he intentado luchar contra las dificultades e ir sobreponiéndome de todas ellas, pero las que más me han costado han sido siempre las de las relaciones. Me gusta la gente, necesito a las personas para vivir y me pone bien la comunicación desde el fondo del alma. Da igual que sea de la propia basura o de las excelencias, pero la libertad de expresión de lo propio y común me mejora el estado de ánimo. Soy consciente que necesito ser amada, como todo el mundo, o incluso un poco más que los demás y eso me hace tratar a los otros como me gustaría que me traten a mí. Por ello soy simpática, servicial, atenta y cariñosa. Bueno, quizás más de lo primero que de esto último. Digo el cariño, pero soy más servicial que afectuosa… y el caso es que me muero por que me quieran.

Yo, que siempre he trabajado en cosas de voluntariado y he llenado de detalles la vida de los de alrededor, aprendí mucho de esto de regalarse a los otros, cuando en uno de los mil cursos de formación que una recibía, para estar a la altura del trabajo, nos hicieron el ejercicio de tener que dar las gracias a todas las personas que se dejaban ayudar por nosotros, es decir, las que hacían posible que mantuviéramos el estatus de ayudador, voluntario o acompañante de sus dificultades. Ahí caí en la cuenta, muy bien, de que mi necesidad de echar una mano al otro me hacía sentirme válida e importante, y añadía a mi vida un valor añadido. Es decir que yo, soy la que soy, gracias a tantos seres humanos que, a lo largo de mi vida se han dejado acariciar, prestar, ayudar, acompañar, poner inyecciones, tomarse mi gazpacho, preparar una celebración, un escrito o un rezo, homenajear, invitar, animar, leer mis libros, acoger mis afectos, ser mis amigos, compartir orgías gastronómicas, pías, artísticas, carnavaleras o folclóricas, ser amante, tener hijos, hacer familia, amar, gozar y reír, educar, festejar, celebrar, sufrir, enfermar y curar…. Y tantos infinitos verbos que saldrían en este recuento vital.

El caso es que ya he llegado a la edad de la jubilación. Ya debería dejar mi vida pública, no iniciar nada, dejando que sean otros los que las inventen, no querer ser el perejil de todas las salsas y dejar la actitud de dar, para situarme en la de recibir. Porque además tengo una necesidad espantosa de que me quieran, de que me valoren, de que me echen en falta… y ahora resulta que en la vida familiar estamos en el momento en el que los hijos tienen que inventar su vida y están trabajándose la independencia, con lo cual es bueno saber desaparecer, para no invadir, atosigar ni controlar. En la vida de pareja los ritmos son diferentes y los sexos nos han llevado a tener necesidades absolutamente distintas… casi opuestas diría yo. Las actividades disminuyen, las tareas domésticas pierden su atractivo, si es que alguna vez lo tuvieron, pero disminuye su inmediatez e importancia. El cuerpo está menos lucido; no sé por qué demonio el cuerpo pierde lozanía y un día te miras al espejo y te ves comouncallorecalentado y otro te ves fantásticaparatuedad, pero ya nunca más te encontrarás divinadelamuerte… Siempre tienes alguna tarea pendiente, pero las ganas aprietan menos y te ronronean por dentro los deberías, que te recuerdan que has de hacer limpieza de aquel agujero negro recién descubierto, o de aquella costura que te espera fielmente en la caja de la labor, o que has de llamar o visitar a alguien, o que tienes que escribir ese correo que siempre pospones, o que sería bueno que comenzaras de nuevo el régimen, o que quizás los tiestos necesitan que les dediques una tarde…

Pero va y tus deseos son otros, como estar con amigos, ver un rato a los tuyos, que te coman de besos los nietos, que te inviten a su casa, en vez de ser tu siempre la que montas comidas multitudinarias, con cara de que no te cuesta nada hacerlo, que te hagan un regalo sorpresa, que te pregunten por tus cosas y sean capaces de escuchar la respuesta, que te llame algún amigo traspapelado, que alguien te proponga un planazo, que se adecuen a tu ritmo, aceptando con naturalidad que ya no eres la que eras, que no se harten de tus correos, que te escuchen un rato, en el que te sientas tan aceptada que no termines la historia maquillándola para no aburrirles…

Y deseas que te quieran, que te lo digan, que te lo demuestren, que te tengan en cuenta, que comprendan que salirse de la vidilla de la vida es duro y la rutina, sin planes es angustiosa y aplastante

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