ABANDONARSE Y ABANDONAR

Hoy el tema es serio y nos toca mirarnos hacia adentro. Enseguida sabemos cuando alguien ha abandonado algo o se ha abandonado en alguna parcela de su vida. Lo solemos decir cuando ha dejado de cuidar alguna actividad, o de aceptar compromisos. Lo normal es que cuando una persona está bien en equilibrio y armonía se haga cargo de su propia vida. Pero ocurre que personas que están mal de ánimo y fortaleza, dejan un trabajo, o el cuidado de la casa, o su arreglo personal y su dejadez es reflejo de su falta de ilusión en la vida y en las cosas normales: de alimentarse, descansar, asearse, embellecerse, cuidar la estética y el orden en su entorno.

Cuando una persona está deprimida, uno de los primeros síntomas es el desarreglo personal, el desorden que le rodea o la dejadez con la que trabaja, sea cual sea su trabajo, laboral o doméstico. La persona se diferencia del animal en que pone belleza en todo lo que hace. Por eso a los animales se les echa de comer, pero a las personas nos gusta más que el plato esté adornado y el huevo frito con puntilla. Y lo curioso es que en cada una de nuestras necesidades ponemos arte y belleza. Para la necesidad de comer tenemos la gastronomía, para la de guarecernos del frío tenemos la decoración, para la de arroparnos tenemos la moda, para la necesidad de reproducirnos tenemos el amor, y para la de comunicarnos tenemos la palabra, las cartas y la música y para comunicarnos con Dios tenemos la fe, la oración.

De niño, la responsabilidad de la propia vida la tienen sus padres. Luego, empieza a decir: “yo solo” y se quiere cambiar el pañal y comer solo e ir haciendo las cosas por sí mismo. Hasta que llega un día en que ya es autónomo e independiente, pero responde de sus actos y aprende a cuidar su aseo personal, su ropa, su orden, su imagen y sus cuartos. Los mayores son responsable de su alimentación, hasta que ya, de joven, quiere independizarse y se hace responsable de sí mismo. Se hace independiente e intenta ganar dinero para cubrir sus necesidades.

Las ilusiones y motivaciones que muevan su vida, le ayudarán a ir haciéndose cargo de sí mismo y de lo que le rodea, a nivel doméstico, alimenticio, de ropa, casa, cama y demás. Pero enseguida se nota si vive en abandono, si se va dejando caer y no se arregla igual, si le falta aseo, alimentación o descanso, y es importante recordarle que necesita dormir, comer adecuadamente, descansar, despejarse, relacionarse y vivir bien.

Algunos adultos se abandonan cuando pierden la ilusión por su familia o por su vida laboral y comienzan a dejar de lado su aseo, sus relaciones, su comunicación con la familia y en otras parcelas de su vida. En los albergues están las personas que viven en abandono: han perdido un trabajo, o se les ha roto la pareja, o están separados de todos los suyos y el propio dolor les lleva al abandono físico, social, humano y espiritual. Cuando una persona se siente abandonada, tiene un dolor profundo y cuando falla la familia, uno se viene abajo y no encuentra el espacio donde vivir y se siente como perdido. En muchos casos se refugian en la bebida o en compañías que no les hacen bien y su abandono suele ser mayor, por su falta de higiene, de limpieza en la ropa, de habilidades de relación y de modales.

El abandono puede ser físico, emocional o espiritual y uno deja de cuidar su aspecto corporal, sus relaciones o su comunicación. Mucha gente, que ha tenido una experiencia fuerte de Dios y vivido en amistad con El, la abandona por algún percance de la vida o por agobios, y vive alejado de El, por lo que pierde una fuente de equilibrio y bienestar que antes le hacía bien. Menos mal que Dios siempre anda por ahí, esperándonos y nos va tendiendo manos para que recuperemos la amistad con El.

El abandono relacional o social es una parte bastante peligrosa de la vida, que ocurre cuando se tiene excesivo trabajo o se está muy volcado en alguna tarea de la vida, y deja de frecuentar a los amigos, familiares, compañeros y personas que antes le hacían la vida más bonita y llevadera. Muchos, por exceso de trabajo laboral o doméstico, dejan a un lado a las personas y se sienten incompletos.

Hay un abandono social, que es cuando en las calles están las papeleras rotas, las colillas y papeles en el suelo y las bolsas de plástico volando por los jardines. Es un abandono general, pues lo que es de todos, al cuidado de todos se encomienda y todos somos responsables de que esté limpio y cuidado nuestro entorno. Cuando estamos rodeados de desorden y suciedad, nos desarmonizamos por dentro. Es como lo que les ocurre a los adolescentes, que tienen tal caos mental interior que su entorno lo refleja y tienen desorden en los libros, los papeles, la ropa, la habitación y hasta la cartera, porque están así de descolocados por dentro. Y al madurar, consiguen un orden y armonía exterior que expresa lo bien que van estando por los adentros.

Hay personas que saben cuidar lo común y las hay que destrozan lo de todos, e igual rasgan la tapicería del autobús, que rompen una papelera, o queman con los cigarrillos un banco del jardín, o hacen una gran pintada en un espacio público. Todas estas personas viven abandonando los servicios comunes. Yo me pregunto cómo serán en su casa, si pintarán en las paredes de su salón algún grafitti o si tendrán todo sucio y desordenado. 

También puede haber abandono en la sanidad, cuando hay demasiada gente y no pueden llegar a todo y te dan una cita urgente para dentro de ocho meses, y tú, que tienes una avería, te sientes fatal, porque crees que no se ha tomado más interés la persona que te ha hecho la gestión. Afortunadamente, estos servicios van mejorando.

Hay un abandono sano, que es el de ir dejando cosas. Tenemos necesidad de tener cosas, de acumular, de acaparar y es muy bueno mirar lo que uno acumula en casa o en sus estanterías y empezar a despojarse de cosas: algunos libros que ya leíste, o que tienes repetidos, alguna música, que ya no escuchas o que le podría venir bien a alguien, alguna ropa, algunos zapatos,.. porque, sin querer, vamos acumulando cosas y cosas y, como dice una japonesa, Marie Kondo, en su libro LA MAGIA DEL ORDEN: hay que ir ligeros de equipaje y que las cosas enferman en las casas y sus dueños también, por tener tanto. Dice que es bueno ir tirando, o dando, o compartiendo con otros, e ir recuperando espacios libres, estantes, cajones y paredes, para sentirse más libre y más desahogado… Yo lo estoy intentando, pero no lo consigo del todo. Tengo más papelotes de los que me va a dar tiempo a leer, más camisetas de las que usaré y más libros de los que puedo releer en toda mi vida.

Es misterioso el ser humano. A veces te da una pena tremenda despedirte de una bobada, un adorno, un broche, o un cuadro, que te recuerda a alguien o que tiene para ti un sentido especial y no lo quieres dar por nada del mundo. Nos gusta acumular recuerdos, fetiches, bobaditas y cosas mil. Pero no sabemos bien por qué. Pero hay que aprender a abandonarlas y quedarnos más ligeros de equipaje, pues nada de lo que tenemos nos lo vamos a llevar en el último viaje.

Hay que abandonar viejos aprendizajes, que no nos sirven para ser libres, sino que los arrastramos por costumbre o por fidelidad a nuestra biografía y que no valen para nada. Todos tenemos alguna manía oculta que decimos que “no podemos soportar…” y sería bueno que la abandonemos y nos vayamos liberando de ellas.

Pues ya no se me ocurre qué más contar del abandono, del que tenemos que huir y el que tenemos que conseguir. No abandonemos a algún familiar, o a parte de la familia, o la pandilla, o de los que tenemos alrededor de la mesa de trabajo. Pero abandonemos las excesivas cosas que tenemos en la estantería, los cajones, los papeles, la cartera, el bolso, el armario y la casa en general, para ir más libres por la vida y más ligeros de equipaje. A mí, personalmente, me ha venido bien toda esta reflexión. Hasta la próxima.

Un abrazo. Mari Patxi

NACIDOS PARA DISFRUTAR

Este tema me apasiona, es algo en lo que pongo mucha atención cada día, en disfrutar al máximo de todo lo que la vida me ofrece y en animar a otros a que disfruten, pues mucha gente vive una vida gris, sosa, incolora, atentos a hacer siempre lo que deben hacer, las obligaciones y se les escapan los pequeños detalles preciosos de la vida, como es el amanecer, que esta mañana, por cierto, estaba en rosa y gris y era una gozada desayunar viendo moverse las nubes en esos tonos pastel. Disfrutar del relax que produce el colchón, en el que se desparrama nuestro cuerpo y pierde todo el cansancio del día anterior, o el calor de las sábanas alrededor del cuerpo y la luz que entra a rayas, por la persiana, cuando amanece, y sentir el calorcito del agua de la ducha que limpia y refresca nuestro cuerpo al caer, y el agua fresca al levantarse, que desatranca tuberías y conductos de la respiración, y el placer del café mañanero, que calienta las entrañas y y parece que se le siente recorrer el cuerpo y refrescarnos… y así tantos y tantos detalles de la vida cotidiana, que son para disfrutar, que nos alegran la vida y que muchas veces pasan sin que apenas nos demos cuenta de ellos, sin que caigamos en la cuenta de su existencia.

Dice el Talmud (sabiduría rabínica de los tiempos de Jesús), que todos tendremos que rendir cuentas de los placeres legítimos que hayamos dejado de disfrutar. Y la realidad es que hemos nacido para disfrutar, y que gozar es más una actitud mental que un conjunto de circunstancias); el disfrute es, en realidad, más una elección que una casualidad. Todos sabemos que unas `personas gozan de la vida mucho más que otras. Y los que disfrutan de la vida más, no están necesariamente más dotados ni son más afortunados, sino que, sencillamente, algunos han preparado sus programas internos para gozar de la vida, mientras que otros parecen empeñados en la lucha perpetua por abrirse camino en ella. Nos despertamos cada mañana con esa programación mental: a gozar de la vida o a lucharla. Esta programación fue instalada en nosotros en los primeros años de nuestra vida: fue el resultado de las sugerencias de los de alrededor y de los comportamientos aprendidos.

Hemos nacido para ser felices, no para ser perfectos, ni eficaces, ni para responder a lo que los demás esperan de nosotros. Es necesario analizar las causas que nos impiden disfrutar. Cada cual debe explorar sus espacios internos y entrar en contacto con las razones que pueden disminuir nuestra capacidad de gozo. Para algunos puede tratarse de un mensaje directo de la infancia de que la vida no está hecha para disfrutarla. Los mensajes que recibimos durante nuestra infancia tienden a seguir sonando de por vida dentro de nosotros, a menos que los identifiquemos y los saquemos a la luz. “La vida es lucha. No se debe estar mano sobre mano. El mundo es cruel : ”Piensa mal y acertarás, Mira tu hermano qué bien lo hace…”

A veces nos autocastigamos recordando todos y cada uno de nuestros errores. Llevamos un meticuloso inventario de nuestros fallos y, aunque Dios nos los perdone, nosotros no podemos perdonarnos jamás. Es como si nos hubiéramos juzgado y hubiéramos grabado nuestros fracasos en cada músculo y célula de nuestro ser. El complejo de culpa es sin duda una de las causas que más nos impide disfrutar y contra el que tenemos que luchar la mayor parte de los seres humanos.

Las víctimas del perfeccionismo viven una “trayectoria suicida”, ya que les priva de la plenitud de la vida. Como no son perfectos, son un continuo fracaso. Y cuando el fracaso se convierte en el color de nuestros días y nuestras noches, se apoderan de nosotros el desánimo y la depresión.

Todos tenemos algún complejo de inferioridad. Todos tenemos áreas de inseguridad. La inferioridad es lo opuesto a la superioridad y al mismo tiempo siempre implica comparación. Nos confrontamos con otros y nos parecen más inteligentes, más guapos, más capaces o más virtuosos que nosotros. La comparación siempre es el comienzo de sentimientos de inferioridad. Y es casi imposible disfrutar de algo cuando no gozamos de nosotros mismos.

El planteamiento del “todo o nada” también puede minar el placer. Una parte de nosotros es buena y hermosa, pero hay otra parte que no se ha transformado. Una parte de nosotros es luminosa y otra es oscura; una parte crece y otra duda; una parte es amor y otra es egoísta. El planteamiento del “todo o nada” no conoce la palabra proceso. Todo tiene que ir completamente bien y en todo hay que sacar sobresaliente o, de lo contrario, todo se convierte en la noche oscura del alma.

Finalmente, deberíamos revisar nuestras premisas. Algunos hemos construido nuestras vidas sobre presupuestos irracionales. Por ejemplo, “no puedo disfrutar si estoy solo” (lo que le produce un miedo enorme a la soledad y está siempre buscando a los otros). “Soy así y no puedo cambiar” (le inmoviliza y le estanca). “Tengo que hacer todo bien” (y no puede perdonarse nunca un error). “No se puede vivir sin salud” (huirá siempre de la enfermedad, o la negará, o se sentirá infeliz al menor dolor de cabeza propio o ajeno). “La felicidad ha de ser completa” (la más mínima cosa le estropeará su bienestar y lo contabilizará en negativo).”Tengo que agradar a todo el mundo” (en cuanto alguien les cuestiona algo, sufren por no gustar….)

Si estamos pasando un día agradable pero permitimos que un pequeño incidente lo eche todo a rodar, deberíamos preguntarnos por qué lo hicimos. Si hemos disfrutado de una gran película y regresamos a casa descontentos porque nos ha costado caro el aparcamiento, deberíamos hacernos una reflexión sobre lo que nos impide disfrutar y nos hace poner los peros que nos disminuyen el gozo.

Si en un grupo caemos bien a todos los componentes menos a una persona, y nos sentimos mal por culpa de esa única persona, es necesario investigar y poner nombre a aquello que nos niega el placer. Todos sabemos que podríamos ser felices pero siempre hay un gran sí o un gran pero. Pues ya es hora de que eliminemos los peros de nuestra vida. Para ello sería conveniente analizar detenidamente los que ponemos de manera habitual, con el fin de poder ir disfrutando cada vez más del viaje de la vida.

Cuando la vida resulta difícil, podemos ser más felices y sentirnos mejor con nosotros mismos cuando asumimos la dificultad, porque LO IMPORTANTE NO ES LO QUE NOS OCURRE, SINO LO QUE PENSAMOS POR LO QUE ESTÁ SUCEDIENDO. La clave para superar una adversidad en la vida es la aceptación sabia y humilde del problema. Al principio lo niegas y parece que no lo vas a poder soportar, pero después lo reconocerás y podrás aceptarlo, si quieres ser honesto contigo mismo y con la vida. Para llegar a la aceptación es necesario dedicar tiempo a la reflexión, a escuchar la voz interior, a poner nombre a los problemas y así hacer brotar la fortaleza interior que todos poseemos. Hay que saber buscar el núcleo de nuestra insatisfacción, sin huir, sin lamentarse, pero reconociendo lo que necesitamos.

Hay que poner cuidado en no malgastar energía en el rencor o en comentarios negativos, quejas y autocompasiones. Mi vida me pertenece.

ES DIFICIL VIVIR SIN DINERO O SIN SALUD,
PERO ES MUCHO MÁS DIFÍCIL VIVIR SIN ILUSIÓN.
Conviene recordar que somos peregrinos en el viaje de la vida y lo importante es saber disfrutar del trayecto. Hay que tomar la decisión de vivir aquí y ahora, sin dejar que la memoria invada nuestro presente. Así evitaremos nostalgias y vivir más preocupados que ocupados. Es de sabios gozar de las pequeñas cosas como paseos, amaneceres y puestas de sol, partidas de cartas, álbumes de fotos o una comida rica. y saber vivir con humor para descubrir el arco iris y la amistad.

Todos tendremos sufrimientos, pero hay que intentar disfrutar lo más posible en el viaje de la vida.
VIVIR ES UN ARTE… Y TU OBRA DE ARTE, ES TU VIDA.
Y si, además, saber vivirla acompañado de Dios, todo será más fácil y más pleno, ya que El nos impulsa a la felicidad, a la armonía y a la plenitud.
y recordar que el disfrute es más una elección que una casualidad personal, que hemos venido a la vida para gozarla, para vivir en plenitud, para saborear cada instante y ser lo más felices posibles. Pues, ¡ála, vamos a disfrutar de este instante, de este día que no volverá a pasar nunca más!… Verás como cada día puede resultar apasionante. Hasta la próxima revista Humanizar, Mari Patxi

Querida yo

Querida mía, o malquerida yo misma: Hoy me van a permitir que no les escriba a uds, porque algo chungo pasa por mis adentros, que no consigo salir de mi ombligo. Estoy mal, y me doy muchísima pena. Es más, estoy tan mal, que no quiero que se me pase. Por eso vuelvo a darle vueltas y más vueltas a este estado de ánimo mío en el que no cabe nadie. Y el caso es que echo la culpa a los demás de lo que me pasa, que eso me alivia mucho, pero no consigo levantar cabeza.

He de reconocer que nunca he sido sencilla de entender. Es más, creo que tengo un alma complicada. Creo que he intentado luchar contra las dificultades e ir sobreponiéndome de todas ellas, pero las que más me han costado han sido siempre las de las relaciones. Me gusta la gente, necesito a las personas para vivir y me pone bien la comunicación desde el fondo del alma. Da igual que sea de la propia basura o de las excelencias, pero la libertad de expresión de lo propio y común me mejora el estado de ánimo. Soy consciente que necesito ser amada, como todo el mundo, o incluso un poco más que los demás y eso me hace tratar a los otros como me gustaría que me traten a mí. Por ello soy simpática, servicial, atenta y cariñosa. Bueno, quizás más de lo primero que de esto último. Digo el cariño, pero soy más servicial que afectuosa… y el caso es que me muero por que me quieran.

Yo, que siempre he trabajado en cosas de voluntariado y he llenado de detalles la vida de los de alrededor, aprendí mucho de esto de regalarse a los otros, cuando en uno de los mil cursos de formación que una recibía, para estar a la altura del trabajo, nos hicieron el ejercicio de tener que dar las gracias a todas las personas que se dejaban ayudar por nosotros, es decir, las que hacían posible que mantuviéramos el estatus de ayudador, voluntario o acompañante de sus dificultades. Ahí caí en la cuenta, muy bien, de que mi necesidad de echar una mano al otro me hacía sentirme válida e importante, y añadía a mi vida un valor añadido. Es decir que yo, soy la que soy, gracias a tantos seres humanos que, a lo largo de mi vida se han dejado acariciar, prestar, ayudar, acompañar, poner inyecciones, tomarse mi gazpacho, preparar una celebración, un escrito o un rezo, homenajear, invitar, animar, leer mis libros, acoger mis afectos, ser mis amigos, compartir orgías gastronómicas, pías, artísticas, carnavaleras o folclóricas, ser amante, tener hijos, hacer familia, amar, gozar y reír, educar, festejar, celebrar, sufrir, enfermar y curar…. Y tantos infinitos verbos que saldrían en este recuento vital.

El caso es que ya he llegado a la edad de la jubilación. Ya debería dejar mi vida pública, no iniciar nada, dejando que sean otros los que las inventen, no querer ser el perejil de todas las salsas y dejar la actitud de dar, para situarme en la de recibir. Porque además tengo una necesidad espantosa de que me quieran, de que me valoren, de que me echen en falta… y ahora resulta que en la vida familiar estamos en el momento en el que los hijos tienen que inventar su vida y están trabajándose la independencia, con lo cual es bueno saber desaparecer, para no invadir, atosigar ni controlar. En la vida de pareja los ritmos son diferentes y los sexos nos han llevado a tener necesidades absolutamente distintas… casi opuestas diría yo. Las actividades disminuyen, las tareas domésticas pierden su atractivo, si es que alguna vez lo tuvieron, pero disminuye su inmediatez e importancia. El cuerpo está menos lucido; no sé por qué demonio el cuerpo pierde lozanía y un día te miras al espejo y te ves comouncallorecalentado y otro te ves fantásticaparatuedad, pero ya nunca más te encontrarás divinadelamuerte… Siempre tienes alguna tarea pendiente, pero las ganas aprietan menos y te ronronean por dentro los deberías, que te recuerdan que has de hacer limpieza de aquel agujero negro recién descubierto, o de aquella costura que te espera fielmente en la caja de la labor, o que has de llamar o visitar a alguien, o que tienes que escribir ese correo que siempre pospones, o que sería bueno que comenzaras de nuevo el régimen, o que quizás los tiestos necesitan que les dediques una tarde…

Pero va y tus deseos son otros, como estar con amigos, ver un rato a los tuyos, que te coman de besos los nietos, que te inviten a su casa, en vez de ser tu siempre la que montas comidas multitudinarias, con cara de que no te cuesta nada hacerlo, que te hagan un regalo sorpresa, que te pregunten por tus cosas y sean capaces de escuchar la respuesta, que te llame algún amigo traspapelado, que alguien te proponga un planazo, que se adecuen a tu ritmo, aceptando con naturalidad que ya no eres la que eras, que no se harten de tus correos, que te escuchen un rato, en el que te sientas tan aceptada que no termines la historia maquillándola para no aburrirles…

Y deseas que te quieran, que te lo digan, que te lo demuestren, que te tengan en cuenta, que comprendan que salirse de la vidilla de la vida es duro y la rutina, sin planes es angustiosa y aplastante

MI CUMPLE… ¡Cuánto tiempo!

MI CUMPLE… ¡Cuánto tiempo!

Querida familia: Aprovecho que el domingo celebramos mi cumpleaños, para hacer con vosotros una reflexión sobre la cantidad de tiempo que llevo vivido. Cuando pienso que ya hace 64 años que estoy en este mundo, me sorprendo. Tengo la sensación de haber comenzado la vida hace nada y ya estoy casi terminándola. Miro para atrás y me vienen recuerdos borrosos y sensaciones concretas, más dulces que amargas. Siempre he tenido la suerte de olvidar pronto lo negativo y recordar más lo positivo. Eso es un legado que me dejaron mis padres y que me ha ayudado mucho a disfrutar más el cada día, pues me queda la música interior agradable de la belleza, de las buenas gentes, de amores y amistades, de los gestos de ternura y armonía vividos el tiempo anterior.

Es curioso cómo las sensaciones y los sentimientos son atemporales. Cuando las recuerdas, las vuelves a sentir, a resentir. Por eso debe ser tan bueno eso de saber cerrar las puertas bien, perdonar lo doloroso y limpiarse de rencores, para que no vuelva la música triste a inundar el presente. Dicen que las personas somos presente y memoria y que las hay que eligen vivir en la memoria, recordando siempre el ayer, “nostalgeando” con lo pasado o programando el futuro. En cambio, otras eligen vivir en el presente y se sumergen del todo en cada momento, sin dejar que su mente se les escape en nostalgias y preocupaciones. Y saber “entrar del todo y salir del todo” en la vida es una forma de añadir intensidad vital a cada situación, de vivir unificados, integrados y completos en todo momento.

Esto del manejo del tiempo es algo que se aprende en la vida familiar. Hay hogares donde siempre están fantaseando en lo que llegará, con añoranza, o recordando, con morriña, tiempos anteriores, o planeando acciones futuras y en ello ponen todas sus energías. En otras familias se concentran en cada acción, actividad o vivencia y la disfrutan con pasión, intentando sacarle a cada momento todo su encanto y su jugo y con cada persona vivir un encuentro. Hay familias que cuidan mucho sólo los momentos solemnes especiales y luego, en el día a día, viven una rutina fría, en la que no hay apenas detalles afectivos, ni cuidados de los unos hacia los otros, ni ternura, ni pequeños gestos que hacen la vida más agradable.

La realidad es que el tiempo, la vida, está formada por la suma de segundos, minutos, horas, días, meses y años y hay que ver lo largo que se hace el tiempo cuando estás con alguien que no te agrada, o con quien mantienes una relación superficial o lejana, y lo corto que se hace cuando estás con alguien con quien conectas en el fondo del alma, con quien compartes tu música interior, tus sueños, tus alegrías y tus adentros. Yo he vivido muchos encuentros, muchos momentos de amistad, confidencia, risas y lágrimas, consuelo y apoyo y todo ese tiempo vivido en relación es el tesoro que amontono en mi corazón, por el que doy gracias a Dios cada cumpleaños. Podría hacer una lista de las personas a las que podría estar agradecida cada año, por lo que me han ayudado a ser, a vivir, a disfrutar, a llorar, a querer, a acompañar, a acariciar, a crear, a crecer y a llenar mi vida de sentido, de misión y, sobre todo de agradecimiento.

Porque el paso del tiempo, de mi tiempo, este tan largo como intenso, difícil y bonito, pachucho y divertido, está entretejido siempre con personas que la vida me ha ido poniendo al lado, cercanos y lejanos, familia y desconocidos, compañeros de camino y de cruces, receptores de mi trabajo y servidores del suyo… y me habría gustado ser para cada uno una caricia, una sonrisa, una mano tendida, un favor recibido, una discípula, una maestra, una comida rica, un café calentico, un abrazo apretado, una confidencia, una carcajada, una oración, un amor apasionado, una escucha atenta…

Me gusta mirar a la vida de frente, para no gastarla en vano. Y ya, puesta a soñar, veo cuántisimas cosas me gustaría haber hecho con estos 64 años que celebro el domingo. Pero como el contador sigue en marcha, voy a dejar de escribir, para que no me pille la vida teorizando, y ahora mismo me voy a poner a hacer esa llamada pendiente, esa carta prometida, esa fiesta que voy a montar, esa compañía a un enfermo, o esa partida de cartas por jugar. Voy a manifestar el cariño a los míos como si fuera el último día que les viera, voy a saborear el café calentico de media tarde, la puesta de sol y el paseo con mi marido, como si no se volviera a repetir, voy a mirar a los ojos a la gente, acariciándoles con mi mirada, voy a hacer del día de hoy un día de fiesta, aunque aún no sea mi cumple, pero voy a vestir mi corazón de capacidad de sorpresa y escucha atenta y voy a pasear contemplando mi entorno como el pintor que busca el rincón más bello para plasmarlo en su lienzo.

Y como el único tiempo que me pertenece es este, y es con esta ilusión vital con la que me siento invitada por Dios a estar en el mundo, celebro con ustedes la maravilla de la técnica que me hace poder contarles mis intimidades, así, a corazón abierto y hacernos juntos una transfusión de entusiasmo vital, que para mí no es otra cosa que hacer realidad el gran proyecto de Jesús, ese de que vivamos todos la vida en abundancia, o sea que vivamos todos, por fin, divinamente. Pues que El nos ayude a no ser unos incoherentes teóricos sino unos profetas del bienvivir y del trabajar para que todos lo consigamos. Perdonen que no me despida, es que tengo prisa, que ya voy siendo mayorcita…

Mari Patxi REVISTA HUMANIZAR 110

p.d. Estoy pensando en mi amiga Mary, a la que le molestará un montón mi carta, seguro, pues ella tiene la mala pata de ver siempre lo negativo de la vida, propia y ajena, y no le suele gustar charlar conmigo, porque le parezco una inconsciente de mil demonios.

Dicen que en la vida hay dos tipos de personas. Unas son como las moscas, que van de excremento en excremento, de caca en caca,

de mierda en mierda (no sé si es correcto escribirlo aquí), descubriendo y comentando todo lo malo de la vida; y otras son como las abejas, que van de flor en flor y hacen miel. Estas personas ven la belleza de la vida y de las personas, la cuentan y la comparten, y así endulzan la vida a los demás. No sé si estamos programados para ser

mosca o abeja y si cada uno juega el juego que le ha tocado, sin ser consciente de que recibe instrucciones de un disco duro. Pero, por si acaso se pudiera cambiar esta programación, yo elegiría ser persona abeja, para disfrutar de tantas flores como hay en el mundo y fabricar miel para los demás. Y si alguna persona mosca no es muy feliz, igual le va mejor probar a comportarse como abeja.